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viernes, 2 de noviembre de 2012

La Batalla de Salamanca: Los Arapiles, 22 de Julio de 1812, editado por Nicolás Benet.

Tras visitar el campo de batalla y alrededores hace unos meses, y después asistir a los actos conmemorativos del bicentenario de la confrontación, me quedaba pendiente profundizar un poco más en lo ocurrido en aquella jornada veraniega de 1812. Para ello, y echando mano de lo más cercano que tenía, nada mejor que este libro que ocupaba su lugar en la estantería desde hace unos cuantos años, y al que le llegó el momento de ser rescatado.
Comentando el origen del libro con un experto en la materia como es Miguel Ángel Martín Mas, me comentó que es una traducción de Salamanca 1812 de Rory Muir, que por aquel entonces no estaba disponible en español. En la actualidad ya está traducido y publicado en su totalidad, así que seguro que es más fácil de conseguir que esta edición que fue editada por una entidad financiera local, por si alguien se anima a leerlo.
La primera impresión hacia el libro es de densidad por la disposición y tamaño del texto, ya que aunque abundan los mapas y fotografías en muchas páginas y en la parte final tiene un anexo con grabados y más mapas de la época, las abundantes páginas pobladas de letra menuda amedrentan en cierta medida al lector que se asoma a ellas. Sin embargo, y superada la inicial toma de contacto con nombres de personajes y términos de organización militar, la cantidad de detalles y curiosidades que aporta hacen que la lectura esté llena de alicientes para seguir adelante.
Conocía algunos retazos de la batalla gracias a las visitas y charlas de hace unos meses, pero según voy leyendo, me asombro cada vez más de lo importante que fue Arapiles tanto para la historia de España como para la de Europa. Y crece mi desazón porque he llegado a este tema por mis propios medios, ya que en mi etapa escolar no tuve ningún conocimiento de ella, y eso que compartimos la localización.
Tranquilos que no contaré aquí el desarrollo de la batalla porque tiene mucha miga y además no sería capaz de hacerlo. Tan solo relataré lo que más me ha llamado la atención de lo sucedido aquel día. Para empezar y ser un poco más exactos, no todo sucedió el 22 de Julio, sino que durante muchos días antes los dos ejércitos se movían por tierras castellanas jugando al gato y al ratón. Destacar la llamada Marcha Paralela del 20 de Julio, cuando los dos ejércitos caminaron en línea durante muchas millas vigilándose mutuamente y esperando cualquier error o despiste del contrario para aprovecharlo y comenzar el ataque. Impresiona imaginarse a casi 40.000 hombres de cada bando, aparte de todos sus pertrechos, realizar semejante movimiento. Durante este acercamiento las escaramuzas fueron frecuentes, en especial una que casi estuvo a punto de costarle la vida al Duque de Wellington a la altura de la Guareña y que sin duda habría cambiado el curso de los acontecimientos.
El Pico de Miranda
Tanto Wellington como el Mariscal Marmont no querían enfrentarse a no ser de encontrarse en una posición ventajosa sobre el enemigo, cosa que no sucedió hasta el día 22 cuando un movimiento erróneo de Marmont desató la batalla. Hay mucha controversia en cuanto a si Marmont fue el responsable de tal movimiento, pero por lo que parece sí fue el culpable, y su excusa de ser herido en el combate no es razón para escurrir el bulto porque las órdenes ya estaban dadas. El caso es que el ala izquierda del ejército francés se separó más de lo necesario del resto y Wellington aprovechó al ocasión para comenzar el ataque. El brutal encuentro tuvo lugar en el Pico de Miranda, donde los franceses fueron cogidos por sorpresa y fueron masacrados. Cuesta pensar que en un breve periodo de tiempo allí murieron alrededor de 2600 hombres entre los dos bandos. El otro día estuve allí, pues queda justo al lado de la carretera, y lo que hoy es un campo normal de cereales hace doscientos años fue testigo de una carnicería. La batalla siguió su curso con un contraataque francés que fracasó y después el ejército galo se vio obligado a huir en desbandada hacia Alba de Tormes. Resumiendo mucho destaco la carga de caballería del inglés Le Marchant, militar de prometedor futuro que se dejó la vida en Arapiles; y la labor de protección del ejército en retirada del francés Ferey, que dio su vida para que muchos de sus compatriotas se salvaran. Al día siguiente en Garcihernández tuvo lugar un ataque de caballería de gran fama entre los alemanes que acompañaban a Wellington y que también fue un baño de sangre en ambos bandos. Así contado son sólo unas cuantas líneas de texto, pero el resultado en vidas humanas fue bestial, unas 14000 bajas francesas y 5000 inglesas sólo el día de la batalla, más todas las que acontecieron los días venideros. Murieron más soldados que la población de la capital salmantina en aquellos años si sirve de ejemplo.
Se dice que el ejército español, si puede llamarse así la representación que acompañaba al ejército inglés, no participó de forma activa en la batalla. Lo que si es verdad y de gran importancia fue la labor de los guerrilleros españoles durante toda la guerra en las tareas de interceptación de cartas y mensajes franceses. Tuvo un doble valor, ya que privaba a los franceses de información imprescindible para planificar sus movimientos, y daba a los ingleses una ventaja primordial para confeccionar sus estrategias.
Y para terminar, las consecuencias que derivaron de la batalla fueron más o menos las siguientes: Wellington fue elevado a los altares de la estrategia militar teniendo su cenit en Waterloo, y Marmont fue procesado por la derrota que a la postre significaría el principio del fin para Bonaparte. Las excusas de Marmont para intentar justificar la derrota no fueron escuchadas y su relación con Napoleón, que le había tratado como un hijo, se deterioraron hasta el punto de que llegó a acusarlo de traición al entregar París en los últimos estertores de la época napoleónica. Dicen que Wellington y Marmont se vieron años después de la batalla y comentaron aspectos varios de la batalla, como si de un partido de fútbol se hubiera tratado, lo cual me recuerda aquella canción que decía: “Todos en el mismo carro, ellos arriba yo abajo...”

Mucha más información en: 

2 comentarios:

Nicolas Benet dijo...

Soy Nicolás Benet, editor del libro. Comentar tan sólo que no es una traducción del libro de Muir, como dice Martín Más. Es la traducción de varios capítulos de las obras sobre la Guerra de Independencia de Sir Charles Oman y de William Francis Napier , y uno de Muir, menor, relativo a la composición de los dos ejércitos. Sólo esta precisión

Mr. Gibson dijo...

Muchísimas gracias por su aclaración y todo un placer que haya leído el blog. Un fuerte abrazo.

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